Capítulo I

EL SECRETO MEJOR GUARDADO

 

Si formaste parte de alguna comunidad educativa de los Hermanos del Sagrado Corazón antes del año 2000, seguramente nunca o casi nunca oíste hablar del Padre Andrés Coindre. La figura de nuestro fundador fue, por unos ciento setenta y cinco años, uno de los secretos mejor guardados del Instituto. Incluso en la formación de los hermanos poco se decía de él, se lo pasaba rápidamente y se hacía mucho más hincapié en la persona del Venerable Hermano Policarpo. El motivo de este desconocimiento era, principalmente, la incomodidad que generaba hablar de las circunstancias de su muerte.

 

Su redescubrimiento y “puesta en valor” en nuestros libros y documentos, así como en la vivencia cotidiana del carisma, fue un proceso lento y trabajoso que comenzó como fruto del Concilio Vaticano II. Éste pidió a cada instituto religioso renovar sus reglas y constituciones de acuerdo a la gracia original recibida en su fundación, es decir, a su carisma propio. Este esfuerzo concluyó con la aprobación de nuestra nueva Regla de Vida en 1984 por parte de la Santa Sede, pero despertó el deseo de saber más sobre nuestro casi desconocido fundador.

 

Posteriormente, en 1993, se creó el Centro Internacional Andrés Coindre (CIAC) en Lyon que realizó, hasta 2010, una enorme tarea de investigación, reflexión y difusión de nuestro carisma tal y como lo vivieron el Padre Coindre y sus primeros colaboradores. Sin la constancia e inteligencia de todos los hermanos que pasaron por allí en sus diecisiete años de existencia sería imposible escribir estas líneas; tenemos con ellos una deuda impagable de gratitud.

 

Finalmente, como un tercer hito en este proceso, en el capítulo general de 2000 el Instituto logró articular en cuatro sencillos conceptos la identidad y la inspiración de nuestro fundador: la espiritualidad de la compasión, la pedagogía de la confianza, la opción por la justicia social y el trabajo en colaboración. Esta formulación tan clara nos permitió a muchos hermanos y colaboradores sentirnos (por primera vez para algunos) orgullosos de nuestro fundador.

 

Gracias a todo este camino, fue emergiendo ante nuestros ojos una gran figura: Andrés Coindre dejaba de ser un nombre mencionado rápidamente y de pasada para irse convirtiendo en un referente, alguien digno de admiración e imitación. Su vida salía de detrás del velo oscuro que había impuesto su muerte. Y cuanto más hablábamos de él, cuanto más comprendíamos sus intuiciones originales y su genialidad, más dábamos gracias a Dios y más nos enamorábamos del carisma que ya estábamos viviendo.

 

Hoy en día es común para nosotros hablar de nuestro fundador y del “carisma de fundación” que recibió y compartió con nosotros; estamos acostumbrados a tener su imagen en nuestras casas y obras y proponerlo como modelo de vida. Los festejos del Bicentenario del Instituto, en 2021, estuvieron llenos de su presencia, testimonio e inspiración. Sin embargo, cada vez que tenemos que hablar de su muerte reaparece el sentimiento de incomodidad porque no sabemos cómo explicarla.

 

En la Iglesia católica más que la fecha de nacimiento de los santos celebramos la de su muerte, porque es el comienzo de su plenitud eterna con Dios. Entonces, al acercarnos al bicentenario de la Pascua de nuestro fundador, se impone una mirada luminosa sobre su vida en el camino de la santidad y sus días finales en esta tierra, porque “no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba ser conocido” (Mt 10, 26).